Aquella mañana me desperté sobresaltada por una pesadilla que me sumía en un caos total y sólo encontré el silencio más absoluto. Por un momento se me ocurrió pensar que aún el sol no había salido, pero incluso bien entrada la madrugada se escuchaban las voces y el bullicio en el Salón Juego de Manos.
Al levantarme de la cama entreasomé mi cabeza por las cortinas. Había gente en Dalaran, como todos los días, pero nadie hablaba, nadie se paraba a saludarse como solía ocurrir.
Abandoné la habitación tras equiparme sin hacer ruido para que Sakthalas, que aún dormía, no se despertara. Las camareras del Salón sólo me hicieron un seco gesto con la cabeza, esbocé una mínima sonrisa y salí del local.
Hacía más frío de lo normal para ser la fecha que toca, me coloqué mejor la capa y avancé por la calle en dirección al Pabellón Atracasol. La gente caminaba sin rozarse, me pareció ver algunas caras conocidas, pero todos caminábamos cabizbajos y no parecía momento de saludarse ni congratularse por el nuevo día.
Una vez en el Pabellón, entré por el portal que me llevaba a Orgrimmar, y cuando llegué puse marcha hacia el Valle de la Sabiduría, tenía que ver a Thrall.
El líder de la Horda siempre me había inspirado tranquilidad y confianza. Tenía una cargo importantísimo y siempre había sabido dar la talla. Sabía que verlo, mirar como atendía las peticiones de su gente, pondría algo de calma en mi corazón, que latía desbocado y con la sensación de que en cualquier momento se saldría por la boca. Una vez en el bastión de Thrall, sólo encontré a Vol’Jin y a los elfos de sangre paladines que allí estaban todos los días aconsejando a Thrall y ayudándole.
-Si buhcah a Thrall, no’stá. Últimamente s’va y no hay quié lo pille.- Vol’Jin me contestó de manera casi automática, incluso con un tono aburrido, como si no fuera la primera vez en el día que decía esa frase.
-Gracias, maese Vol’Jin.- incliné la cabeza en señal de respeto y salí de allí.
Sin saber qué hacer o a dónde acudir para calmar la angustia que sentía, monté mi corcel esquelético y salí de Orgrimmar por la puerta oeste, entrando directamente en Los Baldíos.

Aquella gran llanura que se extendía ante mis ojos me reconfortó. Hasta que comencé a ver que ni siquiera la fauna del lugar, tan activa como siempre era, apenas suspiraba. Las zhebras, las jirafas e incluso las inquietas hienas no parecían querer moverse ese día, parecían compartir el pesar que caía ese día sobre las razas del mundo.
Seguí cabalgando durante un buen rato, y cuando paré dejé que la brisa abriera mis pulmones en un nuevo intento de liberarme de aquella carga que sentía.
Fue entonces cuando sentí, que por mucho que la brisa entrara en mi cuerpo, que por más consuelo que buscase, era la propia tierra, era Azeroth lo que impedía que todo estuviera en calma de nuevo.
Fue entonces cuando comprendía que Azeroth nos advertía de que algo que en ese momento escapaba de nuestra percepción ocurriría. Nadie sabía el qué, ni cuándo, ni por qué, pero Azeroth había hablado, estábamos avisados.
Pronto llegaría el principio del fin.